Corría el año de 1888, y el mes de junio se acercaba con su clima cálido y lluvioso. En esos días, los enamorados Vicenta y Manuel se encontraban ultimando los preparativos para su ansiada boda.
La joven, radiante de emoción, ya tenía su vestido de novia listo, así como todos los detalles para el gran día. Fue entonces cuando acudieron al sacerdote de la iglesia de San Juan de Dios para pedirle que los uniera en matrimonio a finales del mes. Todo en sus vidas parecía un cuento de amor, ilusión y felicidad, y ambos soñaban con la nueva vida que pronto iniciarían juntos.
El estruendo de los truenos despertó a Manuel. Al percatarse de la magnitud de la tragedia, su primer pensamiento fue para su amada. La preocupación lo invadió, y sin esperar a que amaneciera salió a buscarla, aunque avanzar por las calles era difícil debido a la destrucción.
A medida que se acercaba a la casa de Vicenta, el panorama era desolador: muerte y ruinas por doquier. Cuando llegó, llamó a gritos su nombre, sin obtener respuesta, y sin notar que las aguas comenzaban a retirarse.
Dentro de la vivienda, todo estaba revuelto. Bajo unos tablones, Manuel encontró a su amada sin vida. La impotencia y el dolor lo hicieron llorar hasta que sus lágrimas se confundieron con el agua de la tormenta.
Con el tiempo, la pena se volvió insoportable, y Manuel decidió reunirse con ella en el más allá.
Cuentan los vecinos que, en la actualidad, aún se puede ver a Vicenta, vestida de novia, cerca de la iglesia donde se celebraría su boda. También dicen haber visto a Manuel, vestido de catrín… pero nunca juntos.