La historia poco conocida de cómo León (Guanajuato) pasó de depender del maíz a convertirse en el mayor productor de papa de México durante las primeras décadas del siglo XX. Este cambio agrícola revolucionario —con epicentro también en Silao— impulsó innovaciones familiares (lideradas incluso por mujeres) y coincidió con los años turbulentos de la Revolución Mexicana. La abundancia de papas generó nuevos retos de conservación y venta, que los agricultores locales enfrentaron creando las primeras plantas refrigeradoras del Bajío para almacenar sus cosechas. El resultado fue una transformación económica y social: un Bajío más diversificado, moderno y conectado con el resto del país.
La región del Bajío, famosa antes de 1910 por su producción de granos, vio declinar sus cosechas de trigo tras la Revolución, lo que dejó a los agricultores en busca de alternativas. En ese contexto adverso, la papa emergió como un inesperado salvavidas agrícola. Hacia mediados de la década de 1920 ya se reconocía que León se había convertido en el principal centro papero de México. De hecho, una crónica de la época –tras la inundación de 1926 en la ciudad– advertía que las pérdidas de siembras en León afectarían considerablemente la oferta nacional de papa, confirmando el protagonismo de la ciudad en este cultivo. Para finales de los años 30, las estadísticas oficiales reflejaban esta nueva realidad: León y Silao habían volcado grandes extensiones de tierra al cultivo de papa en lugar de maíz o frijol, al punto que la vida económica local “giraba en torno” a este tubérculo. No era exageración: la mayoría de los vagones de ferrocarril que partían de ambas ciudades iban repletos de papas, distribuyendo la abundante cosecha guanajuatense por todo el país.
En Silao, la adopción de la papa estuvo liderada por familias visionarias, entre ellas una figura femenina notable. Fernando Robles, escritor guanajuatense, narra en su autobiografía cómo su madre —una hacendada viuda— fue pionera en el cultivo intensivo de papa en esa región a inicios del siglo XX. Según su relato, doña Robles (como la llama) decidió dejar de sembrar trigo y maíz para probar con la papa, y no lo hizo de forma tradicional: invirtió en la perforación de pozos y en bombas eléctricas para extraer agua subterránea, implementando un moderno sistema de riego en su rancho. La familia incluso adquirió tractores de última generación y envió al joven Fernando a Estados Unidos a capacitarse en su uso, demostrando una notable apertura a la modernización del campo. Y todo esto ocurría en plena Revolución Mexicana: mientras las facciones villistas y zapatistas combatían en el Bajío, doña Robles se preocupaba por no perder sus cultivos de papa. A pesar del caos de la guerra, esta iniciativa agrícola echó raíces, señal de que incluso en tiempos difíciles podían gestarse cambios económicos de gran calado en la región.
No obstante, innovar traía consigo riesgos económicos considerables. Para financiar las mejoras, la madre de Robles contrajo un préstamo bancario y durante años la familia vivió con la incertidumbre de poder pagarlo. Muchos otros rancheros intentaron seguir el ejemplo diversificador pero fracasaron: el alto costo de irrigar con bombas eléctricas y mecanizar la siembra, sumado a las fluctuaciones del precio de la papa, llevó a varios a la quiebra. De hecho, la propia doña Robles terminó comprando algunos ranchos vecinos cuyos dueños no pudieron solventar sus deudas y perdieron sus tierras. Así, el auge de la papa benefició a familias emprendedoras y acomodadas, pero también agudizó diferencias socioeconómicas: quienes no contaban con capital o suerte vieron esfumarse sus granjas, mientras los innovadores ampliaban las suyas.
El rápido auge papero trajo aparejado un desafío: ¿cómo evitar que una cosecha tan abundante se echara a perder o saturara el mercado de golpe? Los productores de León y Silao se enfrentaban a la falta de infraestructura para almacenar papas en buen estado por largos periodos. La solución fue ingeniosa: formaron una cooperativa y, con apoyo gubernamental, construyeron hacia 1929 la primera planta refrigeradora del Bajío, estratégicamente ubicada junto a la estación de ferrocarril en León. Este almacén frigorífico permitía guardar grandes cantidades de papa en ambiente frío, evitando que se pudrieran, y al estar junto a las vías facilitaba su envío a mercados lejanos. Por primera vez, los agricultores no estaban obligados a vender toda la producción inmediatamente tras la cosecha: ahora podían conservar el producto y dosificar su venta en los meses posteriores. Así reducían pérdidas por sobreoferta y obtenían mejores ingresos, esquivando la clásica caída de precios post-cosecha y las tácticas de especuladores que difundían rumores para devaluar el producto en beneficio propio.
En los años siguientes, la capacidad de enfriamiento del Bajío creció aceleradamente. A finales de la década de 1930 ya operaban al menos cuatro plantas frigoríficas en la ciudad de León. Empresarios locales incursionaron en este nuevo rubro: por ejemplo, Antonio Valadez fundó la refrigeradora más grande, con capacidad para almacenar unos dos millones de kilos de papa. Otra planta, llamada La Higiénica, inició como fábrica de hielo y terminó conservando toneladas de tubérculos junto a la estación de tren. Incluso un ex-cervecero, Jacobo Kilian, diversificó su negocio hacia la refrigeración de alimentos al ver el potencial de la cadena de frío en la agricultura local. Pronto, estas instalaciones daban servicio no solo a la papa sino también a carne, frutas y otros alimentos, reflejando cambios en los hábitos de la población que comenzaba a disfrutar de productos frescos todo el año. Lejos de temer a esta tecnología (que a inicios del siglo XX algunos veían con recelo), los consumidores la adoptaron como símbolo de modernidad e higiene en su vida cotidiana. El gobierno estatal también respaldó este florecimiento industrial: en 1929 promulgó una Ley de Protección a la Industria que otorgó incentivos fiscales a las empresas de refrigeración y conservación de alimentos, reconociéndolas como pieza clave del desarrollo económico regional.
Estos procesos de cambio agrícola e industrial tuvieron profundas repercusiones en la región del Bajío:
En conjunto, la producción de papa en León y Silao y la industria de la refrigeración que surgió a su alrededor constituyen un capítulo fascinante de la historia regional. Nos muestra cómo, a partir de un humilde tubérculo, una comunidad pudo reinventar su economía y cultura productiva: desde la iniciativa de familias campesinas hasta la creación de nuevas industrias, pasando por la resiliencia ante tiempos revolucionarios, el Bajío vivió una transformación que dejó huella en su desarrollo. ¡Una razón más para escuchar este episodio completo y descubrir los detalles de esta sorprendente revolución de la papa!
Referencias bibliográficas.
Información obtenida directamente del Archivo Histórico Municipal de León